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Publicación del Partido Obrero Revolucionario - Argentina
16 de Setiembre de 2009 | Nro. 212
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XIVº Congreso Documento de Base situación nacional

Documento de Base para el XIVº Congreso del CC-POR

SITUACIÓN NACIONAL

 

I – La burguesía nacional argentina, su relación con las diversas fracciones imperialistas y con otras burguesías nacionales – Mercado Mundial y Mercado Interno

 

La burguesía nacional argentina disfruta aún de condiciones favorables en el mercado mundial, determinadas por los precios internacionales de sus productos esenciales (cereales, carnes, hidrocarburos, y determinados productos industriales); esto la ha fortalecido en su conjunto como clase, tanto en relación a sus propios explotados, como en su relación con las diversas fracciones del Imperialismo. También le permita un margen de negociación (más o menos paritaria, más o menos desigual, según se trate), con las burguesías nativas de América Latina, que también gozan de un contexto mundial favorable.

Este desarrollo capitalista ya analizado por nosotros en diversos documentos (editoriales y notas de MASAS, resoluciones de la Conferencia Electoral, aportes a los plenarios del MIC) encuentra, sin embargo, un punto de contradicción en el carácter semicolonial del país, a partir de que aún creciendo, la burguesía nacional argentina es visceralmente impotente para romper con sus lazos de sometimiento al Imperialismo, en sus diversas fracciones.

Así, el mantenimiento forzado de un dólar alto (el Banco Central sigue comprando divisas para sostener la relación 3 a 1), beneficia a los exportadores, pero dificulta las inversiones de capital necesarias para poder mantener un desarrollo sustentable en el tiempo.

El pregonado superávit fiscal primario no se aplica a financiar obras que potencien el desarrollo capitalista, sino que sigue encadenado al pago de la deuda externa.

La crisis energética, los altísimos precios relativos para el mercado interno del pan, la leche o las carnes, denuncian con toda claridad las ataduras con el mercado mundial,  que estrangulan el modelo capitalista semicolonial, limitando su desarrollo.

El mercado interno no sólo que no se ve abastecido de productos de primera necesidad “hijos de la patria”, sino que las principales empresas (agropecuarias, industriales, financieras o de servicios), están siendo penetradas por capitales extranjeros de todo origen, no sólo de países imperialistas, sino especialmente de otras burguesías semicoloniales del Continente (brasileña, chilena, venezolana, etc.).

Por todo esto, la acumulación de capital, condición para sostener un desarrollo de las fuerzas productivas, no se produce, sea porque se transnacionaliza, sea porque escapa por los vericuetos de la corrupción del Estado, sea porque pasa a formar parte del capital financiero internacional que no se reinvierte en capital constante.

La burguesía argentina no configura ante este conjunto de fenómenos un bloque homogéneo. Es más: ni siquiera se puede seguir en el tiempo la estructuración de bloques más o menos definidos. Sí se forman bloques coyunturales, respecto al fenómeno de los precios relativos, como sucediera con los lácteos, entre quienes apostaban al mercado mundial y quienes al mercado interno.

En realidad, incapaz de definir un proyecto de país al mediano-largo plazo, muy por detrás de los pioneros en su conformación como clase de la generación del 90, y también de los Savio, Mosconi y Perón, la actual burguesía nacional argentina se va acomodando coyunturalmente a las circunstancias, formándose fracciones transitorias (sectoriales y/o regionales), a la medida de los negocios de la agenda inmediata.

La corrupción coimera que salta a la vista por el caso Skanska se explica por este fenómeno. Sin planes de largo plazo, funcionarios, burgueses e intermediarios buscan “salvarse” con el negocio del día, sin importar mucho qué pasa mañana.

Esta es la base estructural, objetiva, para la crisis del actual modelo capitalista.

Variantes diversas en el mercado mundial (aún sin una intervención del movimiento de lucha de los explotados argentinos), pueden colocar un techo al crecimiento económico, y quebrar el discurso mentiroso de que “Argentina es un país condenado al éxito” (Duhalde). Demás está decir que el talón de Aquiles de este modelo de desarrollo capitalista es la lucha salarial así como todas las formas de  reclamos por mayor presupuesto para los servicios del Estado (Educación, salud, planes de vivienda, obras públicas, etc.). Conquistar un salario y jubilación básicos equivalentes a la canasta familiar no sólo es una reivindicación vital para los explotados, sino que es el certificado de defunción para los explotadores. Es por eso que, aunque los que luchan por la misma aún no sean concientes, tal consigna tiene un altísimo contenido político.

 

II- El régimen político: crisis del sistema tradicional de partidos y recomposición de la institucionalidad burguesa – La importancia del bonapartismo

 

Diciembre del 2001 significó, entre otras muchas cosas, el punto culminante de la crisis del sistema tradicional de partidos políticos de la Argentina. No sólo se fracturaron el peronismo y el radicalismo (en este último caso hasta casi desaparecer), sino que se redujeron a su mínima expresión poderosos partidos regionales, expresión directa de burguesías locales. Salvo el MPN de Neuquén (que a pesar de tambalear quedó en pie), expresiones históricas del federalismo burgués están en extinción o en retroceso (PDP de Santa Fe, Demócrata de Mendoza, bloquismo de San Juan, Renovador de Salta, Pacto Autonomista Federal de Corrientes, etc.).

Esta crisis del sistema tradicional de partidos es el resultado de dos fenómenos cruzados:

a) su desgaste a ojos de las grandes masas. b) la concentración del capital, que exigió ejercer el poder transversalmente, operando la dictadura de clase del Estado a través de funcionarios entrelazados con la burguesía de carne y hueso, más allá de a qué partido pertenecen. Figuras como De Vido son emblemáticas, ya que expresan concentradamente esa forma política de ejercer el poder.

La superación de la crisis política emergente de diciembre del 2001 tuvo su motor esencial en las condiciones favorables para la reactivación económica. Pero también fue necesaria una adecuación del sistema de partidos a esas nuevas condiciones. La demonización de Menem así como de De la Rúa, y la potenciación de figuras con alto voltaje de caudillismo personal, supuestos adalides de la “nueva política” (Carrió, los Kirchner, Binner, Juez, Macri, etc.) es el mecanismo adecuado al juego bonapartista, que necesita operar por encima de los partidos tradicionales, interviniendo incluso en su propio vientre para cooptar o anular cuadros y/o corrientes de opinión.

La “borocotización” de la política es eso. Conlleva la necesaria prescindencia de los programas y de las ideologías, para que prevalezca el pragmatismo del Bonaparte que arbitra entre las distintas fracciones de la burguesía nacional, entre ésta y el capital extranjero, y entre los explotadores y los explotados.

Esta recomposición de la institucionalidad burguesa es tan precaria como precaria es la reactivación económica. En verdad, una está dialécticamente relacionada con la otra. La falta de proyecto de país en términos burgueses nacionales impide una construcción de partidos con programa e ideología, con militantes convencidos, como lo fueron el radicalismo, el peronismo y los partidos regionales en sus orígenes y desarrollo inicial.

Esta imposibilidad tiene una gran importancia, ya que del mismo modo que crea un vacío a ocupar por el partido obrero revolucionario, se dificulta enormemente esta tarea, ya que

el surgimiento de fracciones progresivas de los troncos burgueses está preñado de ese pragmatismo, despolitización, desideologización y falta de programa. Un ejemplo evidente de lo que decimos es el ARI, reagrupamiento de fracciones progresivas del peronismo, del radicalismo, del Frente Grande, bajo un “programa de contrato moral” que configura una involución fenomenal respecto a los planteos de Alem, De la Torre, Perón, Scalabrini Ortiz o Jauretche.

Otro ejemplo palmario (en clave de derecha) es el PRO, bajo un “programa basado en la eficiencia”. En verdad, Macri y Lilita Carrió son una expresión de la precariedad de la reconstrucción de la institucionalidad burguesa.

Es enormemente difícil discutir con estas expresiones ideas y programas, como sí lo hacíamos con el peronismo, el radicalismo o el desarrollismo en el siglo pasado.

Esta dificultad a la hora de plantear la construcción del partido político revolucionario de la clase obrera (impensable como tarea sin ajuste de cuentas con el dominio ideológico del nacionalismo de contenido burgués), abre, en contraste, enormes posibilidades para ocupar ese vacío, ante la falta de cuadros formados por parte de los partidos tradicionales.

Es por esto que  afirmamos que la crisis del sistema tradicional de partidos no habilita a pensar en una perspectiva de superación política en lo inmediato, bien que sí nos permite constatar un crecimiento de liderazgos sociales no controlados por la burguesía.

 

III- La situación de la clase obrera y de las diversas clases explotadas de la ciudad y el campo – Lucha social y lucha política

 

Pronosticamos en nuestro XIIIº Congreso que la reactivación económica, el inevitable proceso inflacionario empujado por la diferencia entre los precios internacionales y del mercado interno en productos de primera necesidad, y la creciente intervención de una nueva camada de activistas y luchadores, iba a colocar a las luchas salariales al centro de la situación social. Pero además, estas luchas, columna vertebral de la resistencia inconciente de las grandes masas a los planes del régimen, se vio acompañada por diversas manifestaciones de lucha por temas diversos: ecológicos (¡Gualeguaychú!), habitacionales, educación, salud, seguridad, emergentes de catástrofes como las inundaciones, y democráticos (grandes manifestaciones ante el asesinato de Fuentealba).

El indudable reflujo de las luchas de los desocupados (por la reactivación económica, pero también por la imposición del clientelismo en todas sus variantes (incluídas las de izquierda), dejó lugar a un auge generalizado de luchas diversas, que en ningún caso lograron unificarse ni coordinarse.

A pesar de su debilitamiento relativo (la crisis del sistema tradicional de partidos debilitó a la burocracia sindical, especialmente en cuanto a su estructuración en las bases, a través de cuadros medios y delegados), la cúpula cegetista y de los principales sindicatos logró pilotear la presión de las bases por perforar el techo salarial definido por el Gobierno.

No obstante, atento a los niveles de inflación real, tal logro es precario, y debemos pronosticar nuevas oleadas de conflictos, especialmente en los gremios más postergados salarialmente.

Ha sido un acierto nuestro (así como de diversos sectores con quienes compartimos el Movimiento Intersindical Clasista) tener precisión respecto a cómo plantear concretamente la lucha salarial. La cuestión del blanqueo laboral, de las condiciones de trabajo y horas extras, la perspectiva de una jubilación de indigencia si no hay blanqueo, etc., dan forma concreta en cada caso al planteo general correcto “por un salario equivalente a la canasta familiar”.

En el campo sindical se aprecia notablemente el fenómeno de “vacío” pasible de ser ocupado por liderazgos sociales. Asistimos a un importante proceso de captura de posiciones sindicales por sectores antiburocráticos o de surgimiento de nuevas organizaciones (autoconvocados).

Este fenómeno es muy rico, ya que es el que permite luchar concretamente hoy contra el capital, a pesar de que sus protagonistas tienen una enorme resistencia (a veces por atraso o ignorancia, a veces por el prejuicio originado en el desgaste de experiencias previas) a la politización de sus propias luchas.  No se trata sólo del trabajoso paso de la militancia social a la política (recibir un periódico de un partido, discutirlo, venir a una charla, etc.) sino incluso hay resistencia a superar el corporativismo sindical y estrecho en el cual se mueven.

Consignas como coordinar las luchas, congreso de bases, huelga general, etc., tienen hoy un carácter de propaganda, ya que si bien objetivamente están planteadas por la necesidad del movimiento en su conjunto, subjetivamente está lejos la vanguardia real de asumirlas como propias.

Superar esta contradicción entre lucha social y lucha política es una tarea prioritaria. Toda herramienta que contribuya en este sentido (MIC, elecciones sindicales, elecciones burguesas, etc.) debe ser bienvenida, y es con este objetivo que la utilizamos.

Avanzar sin prisa pero sin pausa en superar esta contradicción significa un combate contra el “sindicalismo izquierdista antipartido”, pero también contra el aparatismo sectario y burocrático de la izquierda, que quema consignas lanzando ultimátums al activismo.

 

IV- La fragmentación sectaria y el aparatismo burocrático de la izquierda como fenómeno determinante para profundizar la crisis de dirección política

 

En nuestra Conferencia Electoral marcamos con claridad un pronóstico: si cuando las masas tienen puesta su mirada en las elecciones burguesas la izquierda que se dice revolucionaria no es capaz de aparecer unida con un programa antiimperialista, va a ser pulverizada, y será la derecha quien capitalice el desgaste del equipo gobernante. Los resultados de Neuquén y de Buenos Aires fueron contundentes. (ver editorial de MASAS 202). Pero también fue contundente el desprestigio de la izquierda en el campo sindical, cuando en las últimas elecciones en ATE se presentan dos listas nacionales “clasistas y antiburocráticas”.

Si hilamos fino, y vemos como se refleja en concreto en cada frente de masas este aparatismo divisionista, coincidiremos en que configura un obstáculo para avanzar en la superación de la crisis de dirección política de los trabajadores.

En el documento de base sobre situación internacional se estudia el alcance mundial de este papel de la izquierda, emergente de las derrotas previas, pero especialmente, de la incapacidad para registrarlas como tales, de realizar un balance correcto, que permita plantarse seriamente ante la realidad que queremos transformar.

Cabría clasificar a la multiplicidad de grupos de la izquierda autoproclamada revolucionaria en tres grandes bloques:

a)      los que nos presentan el plato recalentado de la alianza de clases acreditando carácter revolucionario al desarrollismo capitalista en curso. Es un ancho arco, que tiene como principal exponente a los líderes de la CTA, y su planteo de formación del movimiento político social, que ya debutó electoralmente en Neuquén y en Capital (ver MASAS 202) Pero también está acá el PC,  y todos nuestros aliados en el Frente Electoral Nueva Izquierda. Obviamente, los trotsko-chavistas  (MST, El Militante), no apoyan a Kirchner, pero su caracterización del proceso venezolano como “revolución bolivariana”, su apoyo acrítico a Chávez, y su ingreso sin condiciones al Partido Socialista Unificado de Venezuela, los hacen en Argentina portavoces de ese proyecto, aunque hoy el mismo no tenga anclaje directo en el poder.

b)      Los que en nombre del marx-leninismo-trotskysmo ortodoxo (PO, PTS, etc.) en nombre del purismo de la revolución permanente, no combaten sólo la colaboración de clases con la burguesía de los primeros, sino toda posibilidad de avance en el terreno del frente único antiimperialista. Su necesidad de aparato autoproclamatorio les impide ver que el proceso de construcción de la vanguardia tiene toda la gama de los grises, lo cual supone priorizar la construcción con esa realidad, por encima inclusive del interés partidario propio.

c)      Los que combinan, incluso contradictoriamente, ambas desviaciones. Es decir, son oportunistas y frentepopulistas por un lado, pero ultraizquierdista y sectarios en por otro. Es el caso de Refundación Comunista y el PCR. En el caso de este último, en su momento casi formó parte del Gobierno de Rodríguez Sáa, y hoy acepta su aislamiento político como pasaporte para mantener su espacio sindical, estudiantil y social, donde sí teje alianzas con la burocracia y la burguesía progresista.

Los tres bloques comparten una visión exitista de la situación política. El urgentismo de sus delirios no les deja tiempo para reflexionar demasiado:

Si un bloque resuelve la crisis de dirección con un burgués nacionalista, el otro lo resuelve mirando sistemáticamente su propio ombligo. O ambas asimetrías a la vez.

 

V- En qué fase estamos de construcción de un partido obrero revolucionario

Reclutamiento molecular de los cuadros en torno al programa

Política de masas bajo la táctica del frente único antiimperialista

 

Obviamente, en el seno de estos dos grandes bloques, y fuera formalmente de ellos,  también hay innumerables matices, que es importante apreciar en cada caso, para avanzar en la construcción frentista, e inclusive, en la aproximación partidaria.

Es en este sentido que reivindicamos totalmente nuestra táctica de intervención electoral en Santa Fe, así como también, en el campo sindical, nuestra política en las elecciones de la CTA primero, y en ATE después. En la misma línea de pensamiento reivindicamos nuestra participación en el MIC.

Nuestra concepción de partido-programa es antagónica por igual al movimientismo populista, como al sectarismo autoproclamatorio. Esto porque ambas variantes son dos caras de la misma moneda, que notablemente, miran para el lado opuesto, cuando se trata de construir en torno al programa revolucionario.

Nuestra organización prevé que, al calor del desarrollo de la lucha de clases en la Argentina, de la potenciación de múltiples direcciones sindicales y sociales, se plantee una alternativa de dirección para los trabajadores (muy probablemente, a través de las estructuras de la CTA). Intervenir en este proceso supone, al mismo tiempo, flexibilidad táctica con la llave maestra del frente único, y solidez estratégica en cuanto a la lucha ideológica, política y programática.

Reivindicamos esta concepción, puesta en práctica no sólo interviniendo en espacios que nos vienen dados, sino también en los que nosotros promovemos a partir de nuestros cuadros (docentes de Salta, trabajadores de la salud en Rosario, etc.)

La amplitud de masas del frente único antiimperialista contrastará, aparentemente, con la estrechez molecular de las células poristas. Pero se trata de dos trabajos simultáneos y complementarios, para avanzar en la resolución de la crisis de dirección revolucionaria.

La construcción de células poristas no supone una visión de aparato (en nuestro caso, de aparatito), sino programática. Debemos luchar por avanzar en un proceso de fusiones con todos aquellos grupos o individuos que compartan nuestra visión holística de la realidad. La fragmentación tiene un límite. La búsqueda del reagrupamiento está en curso. Vamos a su encuentro.

 

18 de junio de 2007, Gustavo Gamboa y Aníbal Ruiz

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